Viene galerna

El otro día los árboles me hablaron. Me susurraron misterios de lustros a través de la brisa de mar que soplaba cada vez más fuerte; venía galerna.
Y es que el mar estaba furioso.
Y junto a él los ríos, los peces, los montes, los pájaros...
y por supuesto los árboles.
Me confesaron rabiosos que ya no deseaban compartir con nosotros el sustrato que nos habíamos empeñado en destruir hasta conseguirlo con creces.
Me hablaron de lo enfermos que estaban de beber de ese agua del subsuelo que estaba enveneneda, como nuestras metas y ambiciones.
Me hicieron sentir que lo decían de verdad, y cuando me paré un momento para observarlos, desde lo más profundo de mi ser sentí que no mentían, y un extraño escalofrío me recorrió de los pies a la cabeza pues, aunque estábamos en pleno julio, me fije en que las hojas, de un verde brillante, caían al suelo abundantemente...
Nunca vi nada más parecido a ver llorar a un árbol.
Y entonces me entró la tentación de coger a toda aquella especie de semidioses expertos en la transformación del CO2 en vida y de transportarme junto a ellos a otra era, a otro mundo,
donde quizás supieran apreciar cúan valiosos eran aquellos únicos seres clorofílicos.

